Unai Aranzadi, un periodista que promueve el cambio social, habla del proceso de Paz en Colombia
Unai Aranzadi es un galardonado
documentalista y fotoperiodista autónomo, especializado en conflictos armados y
derechos humanos.
Lleva más de 20 años viajando a
países que se encuentran en conflictos bélicos: Palestina, Irak, Afganistán,
Colombia, entre otros… Sus documentales independientes sobre los conflictos mundiales
actuales están elaborados desde una perspectiva periodística alternativa, que
utiliza los medios de comunicación para promover un cambio social: una vida
mejor en un futuro mejor para todos.
Fotos: cortesía Unai
Aranzadi
Andrés Rodas: Hoy Colombia vive un momento trascendental en su historia;
después de casi sesenta años de guerra, el Gobierno y la guerrilla de las FARC
se sientan a dialogar para poner fin al conflicto armado, proceso que necesita
aprender de las experiencias vividas en otros lugares del mundo. Desde la
Federación Internacional de la Prensa de los Pueblos (FIPU) consideramos muy
importante el conocimiento que tienes de conflictos, procesos organizativos,
propuestas de paz en diferentes
contextos y países, como aportes para la construcción de la Paz en este país latinoamericano.
Colombia Invisible es un documental que se convirtió en referente dentro de
los movimientos y organizaciones sociales en Colombia, ¿de dónde surge la
iniciativa de hacer este documental, y de qué forma el resultado de éste cambia
la visión que se tenía del país?
Unai Aranzadi: Llevaba muchos años
trabajando en Colombia desde los frentes menos cubiertos, que históricamente
han sido los de las guerrillas y los de las víctimas de crímenes de Estado.
Había estado en la montaña con el ELN, también con las FARC-EP e incluso con el
Ejército Nacional y algunos paramilitares en “zona roja”. Gracias a todas estas
experiencias, la fundación vasca Mundubat me planteó la posibilidad de hacer un
documental crítico y riguroso sobre lo que sucede en las regiones de Colombia,
y yo me puse manos a la obra feliz de recibir este encargo, que era algo que ya
llevaba años queriendo hacer. La idea era dirigir un documental sobre todos
aquellos hechos que no se suelen ver en la televisión, e incluso sobre todos
aquellos crímenes de Estado que no se ha documentado bien. Gracias a un largo y
exhaustivo trabajo de investigación en el terreno, conseguimos documentar aspectos
de gran crudeza, como el impacto de las
multinacionales españolas en la población indígena. También filmamos un falso
positivo de principio a fin, que era algo jamás filmado, e incluso forzamos al
general Reyes a reconocer que mataron a un civil y no a un supuesto
guerrillero... Pero más allá de esta labor de documentación y denuncia, también
queríamos dar espacio a lo constructivo, es decir, como autores queríamos ser
un activo en pos de la solución política, por lo que también dimos voz a los personajes
que llevan una vida entera arriesgándolo todo por aportar ideas que faciliten
la paz con justicia social. Así las cosas, ¡mira hoy en qué punto estamos! En
aquel año no pensábamos que la posibilidad del cambio estaría tan cerca. Fue
quizás nuestro granito de arena a esto que está sucediendo en La Habana.
A.R.: Respecto al conocimiento que tienes de distintos países en
Latinoamérica y el mundo, ¿cómo ves a Colombia en términos sociales, económicos
y políticos?
U.A.: Colombia es, junto a Brasil,
el país con más desigualdad de todo el continente americano. Pocas manos con
mucha tierra, y muchas manos con poca tierra. Es un país en el que la familia
del actual presidente, Juan Manuel Santos, decidía sobre el rumbo político que
el país debía tomar a través de su
periódico, El Tiempo, y en definitiva, un país que jamás se emancipó de las
potencias coloniales, pues tras los españoles llegaron nuevos actores, que de
la misma forma se han dedicado a saquear las riquezas naturales del país junto
a la oligarquía local. Sin embargo Colombia también es un país que no ha sido
derrotado por la guerra. Es un pueblo muy digno, que se sabe sobreponer una y
otra vez, con ejemplos humanos de una generosidad inaudita en la historia. Es
creativo, audaz, inteligente, y repito, muy resistente. No sé, para mí es un
pueblo raro, contradictorio y misterioso. Algo tendrá que gusta a todo el mundo
que lo conoce.
A.R.: ¿Qué opinión tienes del proceso de paz que se está llevando a cabo
actualmente entre el gobierno colombiano y las FARC-EP?
U.A.: Soy contenidamente optimista
porque a día de hoy, lo cierto es que el conflicto armado ya ha bajado de
intensidad en muchos territorios del país. También porque hay que apostarle a
la paz, que no es fácil, y toda victoria es hija de al menos un intento. Las
FARC-EP lo están intentado con todas sus fuerzas, y eso es digno de respeto y
elogio. Han sido muy valientes. Por otro lado soy muy escéptico. Creo que
Santos y todo su enorme gabinete de asesores estadounidenses lo han hecho muy
bien, y de haber un lado de la mesa al que le ha ido mejor, es el suyo sin
lugar a dudas. A escasas jornadas de la dejación de armas tenemos un montón de
papeles firmados, pero falta todo por demostrar, especialmente en las regiones,
donde los gamonales no han cambiado ni un ápice su forma de actuar. Yo dudo de
que la relación con las empresas transnacionales vaya a cambiar, y dudo también
de que el paramilitarismo vaya a desaparecer a corto y medio plazo. Son dos
cuestiones decisivas, y no pintan bien a futuro, lamento decirlo.
A.R.: ¿Qué enseñanzas crees que Colombia debería tener en cuenta de otros
proceso de paz llevados a cabo en el mundo?
U.A.: Puede haber rasgos comunes,
pero yo diría que cada proceso de paz es único y de difícil extrapolación a
otros. Aquí al menos se ha dado la disposición a negociar por ambos lados. En
el País Vasco, de donde vengo yo, ni eso. Y sacando a colación mi pequeño país,
allí la izquierda vasca han hablado más de “proceso democrático” que de
“proceso de paz”. Creo que es interesante el matiz, y bueno, creo que es lo que
la insurgencia colombiana ha tratado de hacer en Cuba, es decir, democratizar
la relación de los colombianos con sus riquezas, básicamente. Los procesos de
paz, han de ser eso, procesos que sumen participación popular, que nadie se
quede fuera en la búsqueda de soluciones comunes. La apuesta del ELN en este
sentido es bella y ambiciosa, no sólo por incluir a los movimientos sociales en
el proceso, sino porque ellos quieren que se avance según se vayan
implementando los acuerdos en el terreno uno a uno, pero lamentablemente dudo
que el Estado jamás aceptará algo así, aunque sería lo ideal, claro.
A.R.: ¿Cuáles consideras tú que son los principales riesgos a los que se
enfrentan los países en la etapa de pos conflicto?
U.A.: En el caso de Colombia el
paramilitarismo es uno de ellos. La guerrilla lo sabe, y así me lo han dicho sus
comandantes, tanto en La Habana como en uno de sus campamentos del Perijá. Otro
riesgo es el obvio, es decir, que simplemente no se cumplan los acuerdos
firmados porque el Gobierno tiene la sartén por el mango, y porque las
consecuentes quejas de la guerrilla no tendrían incidencia en la sociedad, al
carecer de medios de comunicación eficaces para hacer llegar su mensaje a las
masas. Y un tercer riesgo es que la violencia mude de ropa, y continúe como un
hecho ligado al pago de vacuna, al narco, la minería o el sicariato, como ha
sucedido en Guatemala y El Salvador después de sus respectivos acuerdos de paz
en los noventa.
A.R.: ¿Cuál es tu punto de vista acerca de los medios de comunicación en
Colombia y el desarrollo de la prensa alternativa?
U.A.: Los medios de comunicación
colombianos están tan sujetos a las lógicas neoliberales como casi cualquier
otro negocio mediático del mundo. Su función es hacer dinero como medio, y
además hacer que otros actores del sector privado también hagan dinero. Empresa
privada y, llámesele grandes partidos políticos u oligarquía, juntos hacen un
todo que llamamos “sistema”. Su función es proteger el status quo, que es lo
que les hace ricos. Por eso los medios comerciales coinciden todo el rato con
la clase dirigente, porque sus intereses son los mismos, de ahí que critiquen
cualquier idea de cambio, mucho menos propuestas de reparto equitativo, participación
política o redistribución de la riqueza. Frente a esta maquinaria
desinformativa, la llamada prensa alternativa trata de contrarrestar la enorme
incidencia que estos latifundios mediáticos tienen, pero no es fácil, y no lo
es porque los que están fuera de la clase dominante no tienen los medios
suficientes para llegar a las masas. Por eso algunos analistas decimos que en
un sistema de capitalismo desenfrenado como el actual no hay verdadera libertad
de expresión, porque sólo es efectiva y tiene impacto real cuando se tiene
dinero.
A.R.: ¿Cómo se ve desde Europa a nivel general, el actual proceso de paz
colombiano?
U.A.: La sociedad europea ve a
Colombia como un país con mucha violencia en el que la droga lo corrompe todo,
lo cual en cierta medida es cierto, pero es una foto incompleta. Saben de las
guerrillas, y debido a la prensa las ven como peligrosas, pero desconocen que estas
tuvieron que echarse al monte para salvar la vida, e igualmente desconocen que
la propuesta de las guerrillas es repartir democráticamente los recursos de
todos los colombianos, mientras es el gobierno y su terrible brazo paramilitar quien
quiere continuar dejándolo todo en el bolsillo de unos pocos. Además tampoco
saben que en Colombia es el Estado el principal violador de los derechos
humanos, como te lo reconoce ya la práctica totalidad de las organizaciones
internacionales. Pero por encima de todo, la sociedad europea asocia paz a cese
del fuego, y eso, a medio plazo no es bueno ni para Colombia ni para el mundo.
A.R.: Muchas Gracias Unai, esperamos verte pronto en Colombia, ojalá
trabajando un nuevo documental, ahora en un
contexto de paz.






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