René Nariño: Un resistente en La Picota
Acusado de rebelión con una condena de 17 años, René Nariño ha logrado unir a presos de las FARC, AUC y militares para defenderse de los abusos del INPEC.
Por: Iván Gallo
Las2Orillas
Una
tarde de febrero del 2014 René Nariño, militante de las FARC, estaba en su
celda escuchando por tercera vez en el día Black
dog, su canción preferida de Led Zeppelin, cuando se enteró que un joven de
19 años, detenido por hurto, había quedado ciego. El director de la cárcel
insistía en que se trataba de un “accidente”.
El
muchacho, al que sistemáticamente los guardias del penal lo habían
desmoralizado a punta de insultos, escupitajos, empelotadas y manoseadas, había
sido rociado con gas y colocada mostaza
en el ano y en la cara. Ya nunca más volvería a ver. Nariño, que desde su niñez
en Vélez, Santander, había visto la persecución contra la U.P en su municipio,
la desaparición de tíos, el asesinato de amigos, las amenazas contra su
familia, se llenó de coraje. Decidió protestar de una manera pacífica pero
radical, sumiéndose en una indefinida e irrevocable huelga de hambre.
El
ataque contra el joven no fue un hecho aislado. En ese año, 2014, murieron diez
guerrilleros a causa de la humedad, las
celdas estrechas y hacinadas, la fiebre de las ratas, la inexistencia de
cualquier tipo de servicio de salud, las heridas abiertas y putrefactas, la
desprotección con la que eran expuestos a las venganzas no sólo la gente de las
FARC sino de paramilitares y oficiales del ejército que tenían que convivir
dentro de la cárcel.
La
Picota es un tipo de penitenciaria llamada ERON, lo que se traduce en
estructuras verticales de diez pisos,
patios oscuros y fríos por donde el viento, y las alimañas se mueven con total
libertad. En celdas de 3×4 metros duermen cuatro personas en planchas de
concreto y hacen sus necesidades en un inodoro, por lo general desportilla do y
repleto, delante de seis ojos inexpresivos, cansados, desesperanzados: “En un
lugar como la Picota es imposible la rehabilitación; acá se quebranta el
espíritu, la fe. El inocente se vuelve culpable”, escribe René Nariño en una
libreta repleta de notas a mano alzada.
La
huelga duró tres semanas y fue acompañada por más de 600 presos. El servicio de
salud, después de medio año sin entrar a La Picota, regresó. René Nariño sabía
que, al menos por unos días, había triunfado.
Desde
que fue detenido el 3 de mayo del 2011 saliendo de la Escuela Superior de
Administración Pública, en donde hacía décimo semestre de Ciencias Políticas, René Nariño, condenado a 13 años de cárcel por rebelión agravada y concierto
para delinquir, fue un hueso demasiado duro de roer para las autoridades de La
Picota.
La
insumisión de Nariño le ha costado al INPEC que se conozcan irregularidades
como la tortura sistemática que se le aplica a los presos en Cómbita, el pollo
podrido que se sirve como plato fuerte, el desabastecimiento programado en
donde los guardias aprovechan el suministro de alimentos para venderlo 300 % más caro -chocolate, café, pan,
cigarrillos-. Saber mano que tenientes como Vargas de la Guardia Azul, o
Quintero de la Guardia Roja de la cárcel Modelo, permitan golpizas y
aislamientos injustos; que en el Buen
Pastor el teniente Castro haya hace unos meses desnudado a las presas que
conforman el patio 2 irrespetándolas salvajemente, que se alcahueteen las
ventas de bazuco, pegante o cocaína. Su beligerancia es imparable. A Nariño no
lo callan ni a palo.
Quince
días después de la huelga de hambre de Nariño llegaron las represalias. El
temido Grupo de Reacción Inmediata, una especie de ESMAD del Inpec, ingresó al
patio 15, en donde están la mayoría de presos políticos de la FARC, sacándolos
de sus celdas, poniéndolos en tres filas, haciéndolos desnudar y permanecer
inmóviles, mirando al frente, durante 20 horas en donde no comieron ni pudieron
ir al baño.
Nariño,
en sus cuatro años de encierro, sabe que enfrentarse a una maquinaria como la
de INPEC es una pelea desigual. Resultó inútil la huelga de hambre de quince
días del 6 noviembre del año pasado para
exigirle a la institución carcelaria solucionar el problema de higiene dentro
de las cárceles para atajar el brote de tuberculosis que amenazaba los patios
Sur de la Modelo y que había dejado ya como
saldo un interno muerto. Buscaba protestar también contra la indignidad
de forzar los internos a recibir las visitas conyugales en cambuches,
tirados en el piso. Nariño y los sesenta
presos que lo acompañaron en la hulega denunciaron las requisas abusivas a sus
mujeres, el robo o daño a los regalos que les enviaban. La decisión de este
estudiante de ideas políticas contagió también a los paramilitares detenidos en
la Modelo, quienes lo acompañaron en esta huelga.
La
convivencia con ellos no ha sido fácil. En septiembre del 2015 los
paramilitares quisieron atentar contra el miliciano de las FARC Álvaro Genel
López en los patios de Cómbita. En la cárcel de
Acasías, Meta, un ex miembro de las AUC hirió de gravedad a un interno
con un cuchillo el pasado diciembre. Nada de esto ocurre en La Picota. Las
agresiones en La Picota entre paramilitares y guerrilleros son prácticamente
inexistentes. Y con los militares detenidos ocurre algo parecido. Han apoyado
disimuladamente las huelgas cuyo móviles congregan a todos en el penal. Y es
más, consideran que a los presos
políticos vengan de donde vengan, deben darles un trato diferencial y estar
concentrados solo en algunos patios.
Juan Carlos, representante de las AUC en La Picota, coincide con Nariño
en refirmar la unión entre unos y otros a la hora de luchar por mejores
condiciones dentro del penal. A mediados del año pasado tres mil internos de
las AUC, FARC y militares, se juntaron en una huelga para que solucionar el
tema de los alimentos podridos y el desabastecimiento constate en los almacenes
de comida de la Picota.
Sus
huelgas de hambre no terminan. No ha encontrada mejor camino para sacudir un
establecimiento cruel y vengativo con los detenidos. Hace quince día empezó la
última en la que lo acompañan 600 presos. Se proponen llamar la atención sobre
las pésimas condiciones de salud de 71
guerrilleros que necesitan atención médica urgente.
Mientras
lee a Roberto Bolaños y escucha a Led Zeppelin y Metallica, René Nariño, a sus
36 años, está convencido que su larga estadía dentro de La Picota lejos de
quebrantarlo lo ha fortalecido tanto que ya no tiene odios ni rencores, por eso
sabe que el futuro es trabajar de la mano sus vecinos de las AUC, los mismos
que las FARC enfrentó a muerte.



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