Recuperar y fortalecer la CUT
A quienes desde una posición clasista hemos mantenido en alto las banderas del movimiento obrero, la oligarquía nos reservó la prisión, el asesinato y el destierro.
Ciento
tres (103) años se cumplen en este 2016
de la aparición del movimiento obrero colombiano, luego de hacer
tránsito de las “sociedades democráticas” de los artesanos del siglo XIX hacia
organizaciones propiamente dichas de trabajadores asalariados. La lucha del
artesanado colombiano finalmente cedió ante el empuje del capital, que los
privó de sus medios de producción y los llevó a la condición de ser dueños
únicamente de su fuerza de trabajo: la única mercancía que el capitalismo le
deja al trabajador para vender.
Duras
luchas se libraron en las dos primeras décadas del siglo XX por el derecho a la
organización. Condiciones internas y externas hicieron posible el surgimiento
de la lucha obrera y el fortalecimiento de las organizaciones sindicales.
Desde
muy temprana edad el movimiento sindical hubo de enfrentar la reacción violenta del sistema; como si se
tratara de un bautizo de sangre, la oligarquía arrebató con la muerte a muchos
de los pioneros de la clase obrera: los asesinados en la huelga de los heroicos
trabajadores petroleros en 1924 y la masacre de los trabajadores bananeros en
1928 fueron la advertencia del capitalismo y las transnacionales para aquellos
que, a lo largo de la historia, nos hemos atrevido a reclamar respeto por la
soberanía nacional y mejores condiciones
para los trabajadores.
Tras
la pérdida del poder conservador, después de 33 años continuos de gobierno, la
Iglesia Católica continuó jugando el papel del partido de los latifundistas en
el movimiento sindical. La satanización de las ideas de izquierda y la división
del movimiento obrero fueron las armas con las cuales la oligarquía, desde los
pulpitos, arremetió contra las formas organizativas de los trabajadores, vociferando
contras las importantes conquistas que hasta el momento se habían logrado y
trabajando en la conciencia de los
obreros hasta alcanzar su división.
Fueron
el intervencionismo del Estado y la Iglesia quienes obstaculizaron durante décadas los avances
del sindicalismo frente a los patronos. Las teorías patronalistas conservadoras
y las conciliadoras del liberalismo impidieron mayores avances en las
conquistas del movimiento sindical en
las décadas entre los años cuarenta y sesenta, sólo la derrota sufrida por el nazismo
a manos del pueblo soviético y la aparición de la Federación Sindical Mundial
(FSM) el 3 de octubre de 1945 fue para entonces, y sigue siendo, la luz que
ilumina con la teoría de la luchas de
clases el desarrollo del movimiento sindical hacia el socialismo. Pero en la
América del sur dominada por los regímenes militares, y en la Colombia de la
violencia del Estado contra el pueblo, las condiciones no eran las más
favorables.
El
avance de las ideas socialistas en América Latina en los años sesenta dieron un
impulso importantísimo a la lucha popular; el movimiento sindical no solo
creció en número de sindicatos y de afiliados, se cualificó políticamente,
surgió la Confederación Sindical de trabajadores de Colombia CSTC y la clase
obrera acompañó a los demás sectores sociales en sus exigencias económicas y políticas,
alcanzando niveles muy altos de unidad en el paro cívico nacional del 14 de
septiembre de 1977.
Las difíciles
condiciones económicas y sociales del
pueblo y los vientos de unidad que se sentían por esa época crearon la posibilidad
de la unidad en el movimiento sindical. Nace
a finales de 1986 la central sindical más grande del país, declarada desde su
fundación como una organización unitaria, progresista, clasista y democrática. Siendo una de sus mayores
fortalezas, pero también uno de sus mayores retos, la pluralidad política de
las fuerzas que la constituyeron.
Con la creación de la
Central Unitaria de Trabajadores (CUT) el
Estado, los patronos y los partidos políticos de la oligarquía, sintieron
perdido el control sobre la mayor parte
del movimiento sindical, y desde ese mismo momento iniciaron la elaboración y
ejecución de un plan para neutralizar sus posiciones y eliminar los
representantes de las corrientes revolucionarias y clasistas.
Para esto, patronos y
Estado se sirvieron del asesinato, la desaparición, el destierro, la compra de
conciencias y la corrupción, también de teorías del sindicalismo corporativo
norteamericano y europeo, con lo cual dieron un ropaje de disputa ideológica y política
al oportunismo. Posiciones que se fortalecieron al interior de la CUT, inmediatamente
después de que el revisionismo contrarrevolucionario dio al traste con las
conquistas de la clase obrera en Alemania Oriental y la Unión Soviética.
Está
debilidad, manifiesta en las organizaciones de trabajadores, brindó la
oportunidad perfecta para que en la década del noventa la represión, la
apertura económica y la flexibilización laboral impulsada por la burguesía, colocaran
al movimiento sindical a la defensiva.
Ante
las medidas económicas y políticas impuestas por el Estado en aplicación del
modelo económico neoliberal, la respuesta fue la conciliación de clases y la
búsqueda de posiciones en el gobierno y el parlamento; como si con tener un
exdirigente sindical en el Ministerio del Trabajo, o uno o dos en el Congreso de
la República, se pudiera cambiar el modelo. La historia nos ha demostrado
que no fue así.
Se
descartó de plano la confrontación con el régimen y solo una parte de la
izquierda llamó al paro, la huelga y el mitin como herramientas legítimas y
necesarias para frenar la arremetida del capitalismo.
La
beligerancia y los principios de clase se cambiaron por la “concertación” entre
patronos, Estado y trabajadores, convirtiendo al movimiento sindical en vagón
de cola del capitalismo y, a una buena parte de la dirigencia, en convidados a
cocteles en donde no se defienden los derechos de los trabajadores, sino que se
negocian los intereses personales de las cúpulas sindicales.
A
quienes desde una posición clasista hemos mantenido en alto las banderas del
movimiento obrero, la oligarquía nos reservó la prisión, el asesinato y el
destierro.
La
impunidad en los delitos cometidos contra líderes y afiliados de las
organizaciones sindicales alcanza el 95%, la flexibilización laboral y la
desindustrialización, que ha venido sufriendo el país con la apertura económica
y los tratados de libre comercio, son
además elementos que han profundizado la crisis del sindicalismo en Colombia,
el cual solo alcanza hoy un 4.5% de sindicalizados en el universo de las personas
vinculadas laboralmente, y ha incrementado la informalidad en el país la que alcanza hoy un 60%.
La
respuestas de la Central no han sido acertadas; las disputas internas que se presentan
desde hace varios años no han permitido enfrentar adecuadamente la crisis del
movimiento sindical. Priman los intereses personales y grupistas por encima de
los del conjunto de los trabajadores. La elección directa de los integrantes
del Comité Ejecutivo Nacional no trajo democracia ni mayor transparencia a la
elección del Ejecutivo Nacional y la distribución de los cargos. Tampoco la
implementación de sindicatos por rama industrial se dio de manera concertada y
transparente, lo que genero un fracaso en la aplicación de esta política que
busca superar la atomización de la organización sindical, la cual se expresa en
la existencia de muchísimos sindicatos de empresa, algo que resta fuerza a los
trabajadores para enfrentar las políticas patronales.
Ante
la pérdida de la unidad que dio origen a la Central, el abandono de sus
principios y la crisis actual del movimiento sindical, y en general del mundo
del trabajo, debemos repensarnos nuestro accionar y liderazgo sindical, tomar
decisiones que le devuelvan a la CUT su
papel protagónico en la vida económica, política y social de la nación.
Es
necesario recuperar la confianza de las bases en las direcciones y de los
trabajadores en la organización sindical. Indispensable devolverle a la
actividad sindical la beligerancia que caracterizó nuestro trabajo en los años
60, 70 y buena parte de los ochenta.
La
democracia interna debe hacerse práctica, involucrando las bases en la toma de
decisiones importantes de la Central; el reconocimiento de todos los sindicatos,
incluidos los pequeños, es una decisión inaplazable para que sectores
productivos de la economía real vuelvan a tener asiento en la Junta Nacional y
los congresos de la Central. De la misma manera debemos reconocer el importante
papel aglutinador del trabajo por rama de la producción que han cumplido las federaciones,
por lo tanto no es conveniente decretar su desaparición sin que hayamos
generado las condiciones para dar el paso hacia los sindicatos por rama.
El
congreso extraordinario que se celebró a finales de 2015, trazó lineamientos
muy importantes para alcanzar el
objetivo de devolverle a la Central sus principios fundacionales y enrutarnos en el camino de
alcanzar el fin supremo de la clase
obrera: “llegar al poder para terminar
con la propiedad privada y desterrar para siempre la explotación del hombre por
el hombre”
Cárcel
La Picota, abril 27 de 2016
*Huber Ballesteros es
prisionero político, integrante del Comité
Ejecutivo Nacional de la CUT, secretario nacional de Organización del Comité Ejecutivo Nacional
de Fensuagro y miembro de la Junta
Nacional de Marcha Patriótica.



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