“Los feminismos son revoluciones de la subjetividad”. Entrevista a Vanessa Rivera de la Fuente.
Ser una mujer libre, es tener pasión por la catástrofe. Para derribar la opresión desde los cimientos e iluminar la oscuridad de la historia: para declararse, a gritos, dueña de una voz, un cuerpo y una vida… Una mujer tiene que pensarse terremoto, un fuego que devora, una flor que muerde”. Vanessa Rivera de la Fuente
Por: Claudia Quintero
FIPU
PRESS
“[En Sudáfrica] se
inspiran mucho en Paulo Freire y su pedagogía del Oprimido. También el legado
del Che Guevara, Frida Kahlo y Cesar Chávez son conocidos.”
Vanessa
es una mujer feminista y musulmana. ¡Sí, ambas cosas! Espiritual, anticolonial
y sobre todo mujer comunitaria, como se define en su perfil.
Claudia: ¿Quién es
Vanessa Rivera de la Fuente?
Vanessa: “Es difícil
definirse a una misma, porque las personas somos complejas y nunca se sabe por
dónde comenzar. Si me defino por mi pasión, soy una mujer que escribe; si lo
hago por mi actividad principal, soy educadora comunitaria en género y liderazgo.
Me gusta viajar y tengo como malos hábitos ser crudamente honesta y bastante
díscola.”
Claudia: ¿Cuál es la
relación mujer-conflicto armado, que tú has conocido en tu experiencia o
trabajo internacional?
Vanessa: Yo creo que el ser
mujer ya implica vivir en un contexto de conflicto, porque sea en tiempos de
guerra o de paz, las mujeres siempre estamos expuestas a la violencia por el
mero hecho de ser mujeres. Al nacer un bebe y ser asignado con el género
femenino se define su exposición a múltiples violencias físicas y emocionales,
simbólicas y materiales, interaccionales o estructurales. Entonces, ser mujer
está relacionado con un estado constante de vulnerabilidad y riesgo.
Por
esta razón, yo no pienso el ser activista, defensora de derechos o feminista,
como un “trabajo”, sino como una manera de vivir, de ser. Por supuesto que esto
implica una inversión de tiempo, energía intelectual y emocional, etc. Pero más
que una labor, es una forma de vida, porque no es algo que hagas de 8 a 5 de
lunes a viernes y luego te olvidas el resto del tiempo. Cuando eres defensora,
tú hablas de sus derechos a las personas en todos lados, en cada ocasión que
puedes. Por supuesto que hay causas que asumes especialmente, pero si tienes
que alzar la voz contra la violación de derechos, lo haces y ya, no existe eso
de “no estoy en mis horas de trabajo” o “lo siento, yo trabajo con mujeres
migrantes, el abuso policial no es lo mío”. Nada de eso, cuando se ha
desarrollado la capacidad de indignarse ante la injusticia, eso se expresa
donde sea y cuando consideras que las mujeres estamos constantemente siendo
objeto de violencia, queda en evidencia de que esta labor es de un compromiso
permanente que se trasluce en todo lo que haces, aunque tus actividades
formales no se relacionen con ello, porque la opción por la justicia social es
una opción de vida y ser defensora es una manera de transitar por este mundo.
Claudia: ¿Cómo ha
sido tu experiencia frente a mujeres musulmanas que han tenido que vivir
constantemente en conflicto por la islamofobia o el machismo en su entorno?
Como
te digo, el activismo es una labor constante, así que yo hago activismo con
todas las mujeres que encuentro porque además, como persona, tengo, mis
identidades son diversas. Yo soy musulmana, es verdad, pero también soy
latinoamericana, he sido inmigrante, soy madre soltera, soy una mujer llegando
a la mediana edad, en mi país vivo en la provincia, soy de clase trabajadora,
entonces el patriarcado me pega por todos lados, al igual que a todas las mujeres.
Entonces me interesa contribuir con la descripción de cómo estas violencias
afectan a las mujeres pero también, y sobre todo, a como las mujeres se
organizan para resistir estas violencias y proponer nuevas maneras de vivir.
Respecto
al Islam en particular, el machismo con base religiosa, así como la islamofobia,
son dos tipos de opresión con las cuales las mujeres musulmanas tenemos que
lidiar constantemente. El patriarcado religioso en el Islam no es diferente del
que encuentras en otras confesiones religiosas: ninguna religión tiene el
privilegio de la misoginia, en todas ellas hay narrativas predominantes que
justifican, promueven y excusan el odio a las mujeres, ya sea negándoles su
condición de individuas, prohibiendo su acceso a los espacios de reunión o
excluyéndolas de la vida comunitaria.
A
mí me parece relevante el activismo por la justicia de género en los ámbitos
religiosos, ¿sabes por qué? Porque las religiones son poderes fácticos y mucho
de lo que dicen influye en la manera en que la sociedad se organiza, creamos en
Dios o no. Por ejemplo, yo no soy católica, pero mi derecho a decidir sobre mi
cuerpo y reproducción negado por la Iglesia Católica me afecta en mi vida
concretamente, porque hasta que no sea oficial la Ley de Aborto, tres causales
en Chile, yo estoy obligada a tener un hijo que ha sido producto de una
violación, y si decido no tenerlo, puedo ir presa.
Así
que sí hay que intervenir las religiones con feminismo. Los feminismos son
revoluciones de la subjetividad. La noción radical que las mujeres son
personas, incluye la noción más radical que tenemos una espiritualidad que pertenece
exclusivamente a nosotras y que no está separada de nuestro cuerpo y nuestras
decisiones de vida. La violencia espiritual es una realidad. La lucha contra el
patriarcado es una lucha que debe incluir la reclamación de la espiritualidad
de la mujer.
La
islamofobia, por su parte, es un tipo de violencia de género porque son
actitudes xenófobas que se mezclan con discursos sexistas y misóginos que
oprimen y discriminan a las musulmanas preferentemente. Por un lado, el
discurso islamófobo explota la imagen de las mujeres musulmanas a través de
representaciones que la ponen en el lugar de “eterna victima”. Con esto, nos
objetiviza, nos roba particularidad y agencia. Por otro, porque esta narrativa
de animadversión contra el Islam y sus seguidores tiene su raíz en el
colonialismo; por ende, una fuerte carga patriarcal. Ya sabemos que el patriarcado
siempre atacará, de preferencia, a las mujeres. La identidad religiosa
expresada a través del hiyab y la percepción que existe de este, como sinónimo
de opresión y extremismo, hace de las mujeres un target reconocible y de fácil
acceso para la violencia.
Claudia: Vanessa ha
estado escribiendo en proyectos junto a mujeres africanas, incluso estuvo en
Sudáfrica, un país que tuvo un proceso similar al nuestro en cuando a
negociaciones de paz se refiere. Cuéntame ¿cómo fue tu experiencia en un país
en relativa paz, después de un conflicto como Sudáfrica?
Vanessa: Sudáfrica es un país
maravilloso. Una de las primeras cosas que me llamó la atención como activista
y educadora fue la intensa participación social de los ciudadanos comunes.
Todas las personas que conocí estaban involucradas de cierta manera con la
comunidad, ya sea a través de las actividades de la mezquita, o la junta
vecinal, o un club de lectura, algo. Otra cosa que me sorprendió es que se
inspiran mucho en Paulo Freire y su pedagogía del Oprimido. También el legado
del Che Guevara, Frida Kahlo y Cesar Chávez son conocidos.
Por
supuesto, el legado de Nelson Mandela está muy presente. Hay un día de Mandela
en que toda persona es invitada a realizar trabajo comunitario por ese día. En
mi caso, yo fui voluntaria en el Cape
Town Rape Crisis Trust, que es una institución que apoya a víctimas de
violación, algo que, lamentablemente, es muy común en Sudáfrica y hace que este
país esté en alerta roja entre los más peligrosos por el nivel de violencia
sexual cotidiana.
Mandela
se vuelve más relevante por cuanto este país aun tiene que lidiar dolorosamente
con el racismo estructural y los resabios culturales del apartheid, así como la
pobreza racializada. Por ejemplo, todavía hay distritos en los que vive solo
gente blanca o afrikaans y son los distritos más limpios, seguros, con
servicios completos y hasta arquitectónicamente hermosos.
A
pesar de que la segregación urbana se ha terminado, los negros siguen siendo lo
más excluidos de todos, y aún no es posible para ellos acceder a una casa ahí.
Esto es triste, porque mucha gente no blanca fue desplazada forzosamente y
sacada de sus casas para ser relocalizada en función de su grupo racial, lo
cual impactó su calidad de vida en muchos niveles.
Una
amiga, que se llama Zubeida, una vez me dijo: “Ningún africano debe sentirse
extranjero en Sudáfrica”. Pues ¿sabes?, yo en Sudáfrica no me sentí extranjera.
Creo que esto es algo que podemos aprender en América Latina, hacer de nuestro
continente, nuestro barrio. Fue muy fuerte la sensación de que Sudáfrica y
Sudamérica tienen cosas en común, partiendo por el triste hecho de que la ruta
de los esclavos tenía como punto relevante Ciudad del Cabo.
Actualmente
hay un ambiente de crisis porque el Gobierno actual no ha sabido materializar
el legado de Madiba y ha caído en los mismos vicios de corrupción y autocomplacencia
de cualquier gobierno. No obstante, siempre me impresionará la conciencia
social de los sudafricanos, su pasión por la justicia social, su apertura y
espíritu de camaradería, especialmente entre no blancos, ya sea entre ellos o
hacia otras personas.
Claudia: ¿Cómo se
vive la realidad de la mujer respecto a la construcción de paz en Sudáfrica?
Mira,
fueron las mujeres las primeras en organizarse contra el apartheid y existe en
especial el día de la mujer sudafricana que es el 9 de agosto y se celebra todo
el mes como un homenaje a las más de 20.000 mujeres que marcharon a los
Edificios de la Unión el 9 de agosto de 1956, en protesta por el intento del Gobierno
de prolongar las leyes de discriminación que limitaban el desplazamiento de las
mujeres pertenecientes a grupos no blancos, llamadas ‘leyes de pases’.
Esta
histórica marcha fue un punto de inflexión en el papel de la mujer en la lucha
por la libertad y la justicia social en general. Ese día, las mujeres de todas
las clases sociales se convirtieron en socias iguales en la lucha por una Sudáfrica
no racista y no sexistas, muchas de ellas con sus hijos sobre sus espaldas; y
unieron sus voces para cantar una canción de protesta que fue compuesta en
honor a la ocasión: Wathint’Abafazi Wathint’imbokodo (“Si tu golpeas a una
mujer, golpeas una roca y eres tú él que te vas a quebrar”).
Actualmente,
las mujeres siguen estando activamente involucradas en la construcción de la
paz, no hay sin justicia social, sin justicia de género. Por lo tanto,
conseguir justicia social para las mujeres es fundamental para vivir en una
sociedad pacífica.
Claudia: Los
conflictos en el mundo, Colombia no es lejano a ello, han afectado a la mujer
de forma cruel y discriminatoria, así como a sus hijas e hijos, ¿qué
experiencias en tu trabajo como periodista, escritora y feminista podrías
compartirnos que visibilice la necesidad de la construcción de paz desde la
perspectiva de género?
Vanessa: Podría contarte
muchas pero quiero mencionar un caso que me impactó mucho porque lo conocí de
cerca. Un grupo del cual aprendí mucho en Sudáfrica fueron las Damas Caminantes
de Bonteheuwel o The Bonteheuwel Walking Ladies, del cual soy socia honoraria.
Bonteheuwel es una población de Ciudad del Cabo con graves problemas de
violencia y precariedad en muchos sentidos. Este grupo de señoras se propuso
hace siete años comenzar a trabajar en conjunto para empoderarse a sí mismas a
través de las actividades deportivas. Comenzaron caminando alrededor de
Bonteheuwel.
Siete
años más tarde, de 20 pasaron a ser 40 y constituyen una de las fuerzas de
cambio de origen comunitario más fuertes de la Ciudad del Cabo. Siguen haciendo
ejercicio, pero también son parte en talleres de autocuidado. Participaron en
el One Billion Rising y son activas en la lucha contra la violencia de género.
Han sido reconocidas por el Parlamento Nacional. Actualmente desarrollan
proyectos en torno a la construcción de la paz y el dialogo inter-religioso en
red con otras organizaciones.
Hay una sabiduría en esto: La paz es una construcción
cuya base son las personas, no los gobiernos. Para que un país tenga paz, tiene
que haber paz en los barrios y para que esto suceda, debe haber paz y seguridad
en los hogares y para ello hay que comenzar con las mujeres.
Claudia: ¿Cómo crees que un país como Colombia pueda, en el marco de los
diálogos de paz, prestar atención a la violencia machista y a la desigualdad
que existe hacia las mujeres?
Yo
te puedo decir que, de acuerdo a mi experiencia, las comisiones y secretarias
de género no son una solución completa porque esto es encasillar el ‘problema
de las mujeres’ como un asunto de mujeres, externo y complementario al asunto
global e importante. Una vez, un político de carrera me dijo: “La mejor manera
de deshacerse de las mujeres sin que lo noten y parecer progresista es crearles
una secretaria de la mujer en el partido. Que se vayan ahí y traten sus temas y
nos dejen a nosotros tomar las decisiones relevantes”.
Tampoco
basta con poner mujeres. Lo que funciona es hacer de las mujeres protagonistas
del proceso y del género un elemento transversal de la discusión y del diseño
de soluciones a todo nivel.
Lo
mismo a nivel político: los gobiernos crean ninisterios de la Mujer y agendas
de género, pero mientras el enfoque de género no sea asumido como un elemento
de las políticas de educación, trabajo, salud, medio ambiente, vivienda, etc.,
siempre carecerá de efectividad. La gente se pregunta: “¿Cómo es que aumenta la
violencia contra la mujer en el hogar si hay una ley contra eso?”. Pero en los
libros de primaria aun se describe a las mujeres desde los roles sexistas y los
medios hacen espectáculos de los feminicidios. ¿Me explico?
En esto, las mujeres
zapatistas nos han dado una gran lección. Ellas no permitieron ser incluidas a
través de comisiones o grupos o como asesoras externas. En cada etapa y cada
tema involucrado en el proceso de paz ellas estaban ellas haciendo oír su voz. La
feminista Silvia Marcos ha registrado esto en sus investigaciones. Nada de “primero
hagamos la revolución, después vemos sus temas compañeras” o “ahora estamos
concentrados en lograr la paz, cuando eso logre, ahí ustedes tendrán espacio
para sus cosas”. No hay que dejarse engañar por esa retórica. Si el
empoderamiento de las mujeres no es un objetivo a desarrollar durante el
proceso de paz, entonces no es un objetivo y en ese caso no habrá paz duradera.
O se parte caminando con las mujeres desde el principio o no se llega a ninguna
parte.



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